Mujeres del silencio

 Inspirado en la película "Cabrini"

Hace unos días vi una película que me conmovió hasta lo más hondo: Cabrini.

No era solo una historia más. Era el reflejo de muchas historias que han sido invisibles, relegadas a los márgenes de la Historia con mayúscula. Mientras la veía, no podía dejar de pensar en todas esas mujeres que, como ella, cruzaron el océano con más miedo que certezas, dejando su tierra, su idioma, sus raíces… pero no su fe, ni su fuerza.


Cabrini, con su fragilidad física y su tenacidad espiritual, me recordó a tantas otras mujeres que he conocido, leído o imaginado. Mujeres de antaño que, lejos de rendirse ante la adversidad, se reinventaron. Que fueron vistas como débiles, cuando en realidad eran columnas silenciosas sosteniendo vidas, familias, sueños colectivos.


Este poema nació de ese sacudón del alma.

De pensar en esas madres, esas monjas, esas campesinas, esas migrantes que se armaron con amor, trabajo y coraje.

Que sin necesidad de gritar, dejaron su huella en el barro, en el pan amasado, en la oración nocturna, en la firmeza de una decisión tomada en soledad.


Que este texto sea un homenaje íntimo.

Una manera de escuchar su idioma —ese que nunca fue silencio, sino voz profunda que aún nos habla si aprendemos a oírla.


Mujeres del silencio

Para las que cruzaron el océano con el alma en las valijas


Vinieron con el miedo cosido al ruedo,

con un nombre de madre en la boca

y el corazón partido en dos idiomas.


Cruzaron océanos sin promesas,

con la esperanza mojada en sal y lágrimas,

y una cruz de madera entre los dedos

que no era adorno:

era ancla,

era arma,

era todo lo que quedaba.


Las llamaron débiles,

delicadas,

quebradas por la ausencia.

Pero no vieron sus manos enrojecidas

fregando el pan del día

ni sus rodillas rotas

rezando por hijos que aún no hablaban la nueva lengua.


No vieron a María,

la que sostuvo al Hijo en su muerte

sin desmoronarse.

Ni a Cabrini,

con sus pasos de monja

abriendo escuelas,

curando cuerpos,

reuniendo orfandades.


Las llamaron sumisas

porque no gritaban,

porque su fuerza

era una brasa quieta.


Pero eran columnas.

Eran muros.

Eran el alma de una patria no nacida aún.


En el silencio, resistieron.

En el silencio, amaron.

En el silencio, construyeron un mundo nuevo

con las ruinas del anterior.


Y aún hoy,

si escuchás el viento entre las grietas de las casas viejas,

vas a oír su voz:

no es que no hablaron,

es que nadie supo

cómo escuchar su idioma.



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