La lágrima como lenguaje
Llorar por todo, dicen algunos.
Como si sentir fuera un exceso.
Como si el alma, a esta altura, debiera endurecerse para merecer la adultez.
Pero no.
Yo lloro porque he contenido demasiado.
Porque durante años tragué palabras, gestos, gritos.
Porque no me dieron permiso para quebrarme,
y ahora, por fin, me permito ser humana.
Cada lágrima que cae hoy,
acaricia a la niña que no pudo llorar entonces.
Cada emoción que me sacude
es un acto de reparación.
No lloro por debilidad.
Lloro porque aún estoy viva.
Porque todavía algo en mí se resiste a volverse piedra.
Y sí, a veces dudo.
De si lo hago bien.
De si estoy educando desde la herida o desde el amor.
De si mis silencios son cuidado o distancia.
De si mi timidez es esencia o armadura.
Pero incluso en la duda, hay ternura.
Porque quien se lo pregunta, ya está intentando hacerlo distinto.
Y eso —ese intento a ciegas— es un gesto sagrado.
Soy distante, a veces.
Sí.
Porque aprendí que el afecto puede doler.
Porque me enseñaron que confiar era arriesgarse al juicio o al abandono.
Y sin embargo, cuando amo, lo hago con una profundidad silenciosa
que no necesita espectáculo para ser real.
A veces me pregunto si puedo sentir.
Y me olvido que el hecho de hacerme esa pregunta
es la prueba más clara de que siento incluso lo que otros no se atreven a mirar.
Ser buena madre, buena esposa, buena mujer…
no tiene forma única.
No es la que grita amor todos los días,
ni la que tiene respuestas,
ni la que nunca se equivoca.
A veces, es simplemente la que sigue.
La que no repite sin cuestionar.
La que duda, pero no abandona.
La que se disculpa.
La que abraza aunque tiemble.
Llorar por todo
es, en realidad,
llorar por todo lo que ya no quiero callar.
Y eso, lejos de ser un defecto,
es mi manera más humana de seguir sanando.
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