Tierra Quieta

 Tierra quieta


Hay días en que el alma no grita, pero pesa.

En que el reloj avanza,

pero el corazón no lo sigue.

Todo alrededor parece moverse, crecer, mutar,

y uno, parado en el mismo rincón de siempre, 

siente que sus raíces se aferran a una tierra estéril.


Es un tipo de tristeza que no llora.

Una frustración que no tiene nombre,

sólo ecos sordos que golpean desde dentro,

como si el alma habitara una casa en ruinas

y cada intento de reconstrucción

fuera devorado por el polvo del desaliento.


No es cobardía, no.

Es esa guerra muda entre el deseo de volar

y la certeza de que las alas, aunque intactas,

no recuerdan cómo despegar.


El cambio parece una promesa ajena,

una estación que no llega,

un tren que pasa sin detenerse.


Y entonces, en el silencio espeso de la noche,

uno se pregunta:

¿es este estancamiento una pausa del destino

o la rendición de un espíritu cansado?


Pero incluso allí, en ese abismo sin respuestas,

hay una chispa sutil, terrosa, antigua,

que no muere.

Porque incluso la tierra más seca

sueña, en su quietud,

con la lluvia.

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