Amar con las manos llenas de temblores

 Amar después de haber crecido en la intemperie emocional

es un acto valiente.
No porque se busque un héroe,
sino porque una ya sabe lo que es el dolor disfrazado de afecto.

Llegué al amor adulta,
pero con heridas infantiles aún abiertas.
Y aunque las palabras eran otras,
el miedo seguía siendo el mismo:
que me eligieran con condiciones,
que se cansaran de mí,
que un día me volvieran invisible.

A veces me encontré construyendo vínculos desde la prudencia,
desde la necesidad de no molestar,
de no sentir demasiado,
de no "ser una carga".

Y aun así,
algo en mí deseaba ternura.
Un amor tranquilo.
De esos que no piden que te reduzcas,
sino que te ensanchan.

Cuando llegó el amor real,
me sorprendió lo difícil que era recibirlo.
No porque no lo deseara,
sino porque mi cuerpo —acostumbrado al sobresalto—
no sabía habitar la calma sin sospecha.

Pero aprendí.
A mirar sin miedo.
A hablar sin esconder.
A confiar, aunque me temblaran las manos.

Y en medio de eso, llegó la maternidad.
Y con ella, una pregunta honda:
¿cómo amar sin repetir lo que dolió?

Me vi muchas veces al borde de ese abismo:
el tono que no quería usar,
la impaciencia que conocía demasiado bien,
la distancia que aparecía sin aviso.

Y ahí, en ese borde, entendí algo:
que no se trata de hacerlo perfecto,
sino de darse cuenta a tiempo.
De frenar.
De pedir perdón.
De reparar.

Porque el amor no es la ausencia de fallas.
Es la presencia constante de consciencia.

Amar con las manos llenas de temblores
es una forma hermosa de resistir.
De transformar la herencia sin odiarla.
De decir: esto me duele, pero no me define.
De volver cada día a la elección.

Y eso, en este mundo,
ya es un milagro.

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