La hoja y el acero

La hoja y el acero

Yacía sobre la tierra húmeda, sintiendo cómo la savia del mundo se mezclaba con su sangre. El pecho ardía, cruzado por una lanza o por un recuerdo, ya no lo sabía bien. Encima suyo, un árbol de ramas antiguas filtraba la luz de un sol que no dolía. El cielo, amplio, vibraba con un azul imposible para un campo de batalla.

Una hoja, seca y dorada, se desprendió y comenzó a danzar hacia él, como si supiera su destino.

El guerrero cerró los ojos, o los abrió. Ya no era un guerrero. Era un hombre. O al menos eso creía. Estaba tendido sobre el pasto mullido de un parque, en una tarde de otoño. Había salido a caminar solo, como siempre, y se había dejado caer al pie de un árbol para contemplar el paso del tiempo. La hoja descendía lenta, en espiral perfecta, y él pensó en los años, en los días que caían así también: sin aviso, sin sentido, sin dolor.

Pero dolía.

El pecho. El costado.

Algo ardía.

¿Había tropezado? ¿Había caído? ¿O era que seguía en aquella batalla, con la espada aún temblando entre sus dedos?

El hombre, o el guerrero,  intentó incorporarse. El mundo giró. Un zumbido de moscas o de pensamientos le llenó los oídos. Una sombra cruzó el cielo. Era un buitre, o un cuervo, o una nube.

La hoja tocó el suelo, suave como un beso o un adiós.

Y en ese instante, supo que no había dos realidades.

Sólo una. La suya. Fragmentada. Eterna.

La cicatriz siempre había estado ahí. En el mismo sitio, bajo la clavícula izquierda.

Una línea curva, levemente hundida, como una luna vieja que se hubiera recostado sobre su piel cansada.

El hombre la había descubierto de niño, una tarde en que el sol le daba de lleno en el pecho y el espejo del baño parecía más real que su propia carne. Su madre nunca supo explicarla. Los médicos dijeron que era una marca de nacimiento. Pero él, cada tanto, al tocarla, sentía algo más: un escalofrío, un sonido lejano de cascos galopando, el tintinear de una cota de malla.

Ahora, tumbado sobre el pasto, mientras la hoja descansaba a un palmo de su rostro, volvió a rozarla.

Y el mundo cambió.

El yelmo estaba roto. La batalla, lejana. El dolor, presente.

Un líquido tibio bajaba lento por su costado, donde el acero enemigo había traspasado su defensa.

No podía moverse. El cielo se le antojaba más inmenso que nunca, y sin embargo, lo apretaba.

Volvió a ver la hoja. La misma. Marrón y dorada, girando sobre sí misma, bajando como si el tiempo no existiera.

Al tocar el suelo, el mundo volvió a quebrarse. El hombre parpadeó. Había caído dormido.

¿Un segundo? ¿Un siglo?

El parque seguía en silencio, y sin embargo, algo había cambiado. El sol estaba más bajo. Su pecho, húmedo. ¿Sudor? ¿Lágrimas? ¿Sangre?

Miró sus manos. No había espada. No había guantes. Sólo las líneas de su piel, como mapas de caminos no recorridos.

Y, sin embargo, al cerrar los ojos, las sentía: las riendas de un caballo, el peso del escudo, el filo de la lanza.

“Estoy muriendo”, pensó.

Pero no sabía en cuál de los dos mundos.

El viento se levantó con suavidad.

La hoja tembló levemente, como si aún tuviera algo por decir.

El hombre, o el guerrero la miró con una ternura inexplicable.

El tiempo ya no importaba.

El dolor, tampoco.

El cuerpo descansaba, y la conciencia, como la hoja, flotaba entre mundos.

Sin peso.

Sin prisa.

Sin certeza.

El sol atravesó las ramas.

Y por un instante, solo uno, supo que no era necesario saber quién había sido.

Bastaba con sentir que, de alguna forma, aún era.


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