Las raíces que duelen

 

Hay infancias que huelen a pan tibio,
a caricias en la frente y cuentos antes de dormir.

Y hay otras,
que se parecen más a un idioma aprendido a los empujones,
entre silencios que gritan
y palabras que hieren.

Se puede crecer en una casa donde no se escuchan los latidos,
porque los gritos hacen más ruido.
Donde la ternura no es promesa,
sino excepción.
Donde el amor se parece a un laberinto con trampas:
si se sonríe, ignoran;
si se llora, acusan;
si se calla, sospechan.

Se aprende a leer las emociones ajenas antes que las propias.
A intuir estados de ánimo para protegerse.
A ser la buena, la que no molesta, la que se adapta.
El cuerpo se moldea como arcilla bajo el miedo a romperse.
Así se crece:
firme por fuera,
quebradizo por dentro.

Con el tiempo, se camina por esa infancia como quien vuelve a una casa vieja.
Se miran las paredes con respeto, pero ya no con obediencia.
Se aprende compasión por la niña o el niño que fue,
que creyó ser culpable del enojo ajeno,
que deseó desaparecer para que el amor dejara de doler.

Y, sin embargo,
esa niña, ese niño,
es la raíz más honda de toda sensibilidad.
El origen de una ternura que se niega a lastimar,
del don de percibir en otros el mismo temblor.
Es esa raíz la que, con el tiempo, enseña a criar de otro modo,
aunque la voz tiemble al hablar.

No toda infancia es de cuentos.
Algunas son de supervivencia.
Pero también de las raíces heridas
pueden brotar flores.

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