MANIFIESTO DE LA PALABRA ÍNTEGRA
No escribo para complacer.
No vine a este tiempo para adaptarme al molde tibio de lo políticamente correcto.
No he de callar ante la farsa disfrazada de progreso,
ni celebrar la eficiencia que vacía de alma los actos humanos.
Reniego.
Sí, reniego.
Reniego de esta era que aplaude lo superficial,
que premia al que repite y castiga al que piensa.
Reniego de los discursos vacíos,
de los que se visten de causas sin encarnarlas,
de los que venden empatía mientras huyen del compromiso.
No me representa la pasividad cómoda,
ni la neutralidad cobarde que se disfraza de tolerancia.
No quiero pertenecer a un mundo donde decir lo que se piensa
sea más ofensivo que vivir en la mentira.
Desobedezco a la deshumanización.
No acepto ser número, avatar, estadística ni algoritmo.
Mi alma no se mide en datos ni se entrena en cápsulas de cinco minutos.
Exijo profundidad.
Exijo presencia.
Exijo vínculo.
He elegido la palabra como trinchera,
la escritura como arma digna,
la poesía como refugio y lanza.
Y no, no me interesa agradar.
Prefiero incomodar si es necesario,
con tal de no traicionar lo que soy.
A quienes me lean:
No les prometo certezas,
pero sí verdad.
No les ofrezco fórmulas,
pero sí mi lucha.
Y sobre todo,
no les pido que me sigan,
sino que despierten.
Porque aún hay tiempo de recuperar el pulso humano.
Porque no todo está perdido mientras alguien, aunque sea uno,
decida resistir.
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