Otra vez me miro en el espejo del tiempo;
las velas no iluminan deseos,
sino cicatrices que guardo en silencio.
Los años pasan como trenes sin horario,
y yo, con la maleta a medio hacer,
me pregunto por qué la estación
pocas veces se parece a la que soñaba.
Hay un temblor de tristeza en la memoria,
como si el ayer me hablara en voz baja:
“no corriste tan rápido como pensabas,
pero tus pasos siguen contando”.
Entonces cierro los ojos,
dejo que la nostalgia me roce,
y aunque duela,
descubro que en la espera
se mezclan vida y vacío,
un latido obstinado
y la certeza amarga
de que el tiempo también me arranca.
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