El valor de sentir

 

El valor de sentir

Sentir es resistir.
No con las armas del grito, ni con los escudos del cinismo,
sino con la piel abierta.
Con las lágrimas sin vergüenza.
Con el corazón que, aunque ha sido herido, sigue latiendo sin disfraz.

Vivimos en un tiempo que idolatra la eficiencia, la rapidez, la fuerza entendida como dureza.
Se nos enseña a “ser fuertes”, pero rara vez se nos enseña a sentir sin miedo.
Nos premian por no quebrarnos, por seguir, por producir.
Pero pocas veces alguien se detiene a honrar la lágrima que no huye, el temblor que no se oculta, la palabra que nace del dolor y no de la conveniencia.

Y sin embargo, sentir es un acto político.
Sentir es decir: no me he vuelto piedra.
Sentir es declarar que no todo puede ser medido, contenido, silenciado.

A veces me descubro llorando por cosas pequeñas.
Un gesto. Una palabra. Una ausencia mínima.
Y durante años, me culpé por eso.
Me decía que era “demasiado”. Que debía endurecerme.
Que sentir era señal de debilidad.

Pero hoy entiendo otra cosa:
sentir es señal de que aún hay vida.
Que no me he acostumbrado a la violencia.
Que todavía me conmueve lo que duele y lo que ama.
Y que esa capacidad, aunque incómoda, es lo más humano que tengo.

No siempre es fácil.
A veces, sentir te vuelve vulnerable ante quienes no saben abrazar.
Te deja expuesta en un mundo que responde con indiferencia o burla.
Pero también te conecta.
Te vuelve puente.
Te convierte en refugio para otras.

El mundo nos pide dureza.
Yo elijo sensibilidad.
Porque en un planeta donde todo se acelera y se automatiza,
ser capaz de sentir sigue siendo
mi forma más profunda
de ser libre.

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