Escribir desde la herida no significa que la herida me pertenezca.
No siempre sangro cuando nombro la sangre.
No siempre me quiebro cuando nombro la grieta.
La herida es un territorio común,
una casa sin dueño donde todos hemos entrado alguna vez.
Yo solo recojo las voces que allí quedaron resonando,
y las dejo hablar en mis palabras.
Cuando escribo desde la herida,
no confieso: interpreto.
No me encierro: abro.
Escribir desde ese lugar
es tender un hilo hacia lo humano,
recordar que lo frágil también nos hermana.
No es mi herida, ni tuya, ni de nadie en particular.
Es el idioma compartido del dolor.
Y al escribirlo, descubro
que no soy yo la que habita la herida,
sino que es la herida la que habita en todos.
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