Cargo dos ríos en el pecho:
uno corre veloz, buscando mares,
arrastrando promesas, mapas,
un porvenir que siempre huye;
el otro avanza lento,
lleva piedras suaves,
risas pequeñas,
rostros que me llaman desde la orilla.
A veces el cauce furioso me arrastra
y olvido beber del agua quieta;
cuando quiero volver,
ya la tarde se me escurre entre los dedos.
Tengo todo y nada:
la sed de llegar más lejos
y la culpa de no estar aquí.
Y me pregunto
si la ambición es viento que empuja
o tormenta que ciega,
si algún día aprenderé
a habitar ambos ríos sin naufragar.
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